Yo sé que son aurigas, aun así…

Mi poesía
Panorámica de Madrid desde la azotea del edificio del Círculo de Bellas Artes, Madrid – Imagen de ©Rubal

Yo sé que son aurigas, aun así quiero contarte:

Cuando veo que el sol se extingue
sobre un mar de cemento, hormigón y ladrillo,
quiero pensar que es Apolo
llevando hasta consecuencias extremas
los últimos rayos de vida
de esta ciudad soterrada
bajo preparativos de alma nocturna.

Seguro que le sigue Artemisa, su hermana melliza,
engañada por el deseo de conocer el asfalto,
lejos de bosques, arroyos y campos,
extraviada y muy cerca de los animales domados,
perros que han olvidado su origen
por cumplir con sus amos.

Sol, noche, perros y amos, a pesar de todo,
¡qué deslumbrante se hace la urbe
como un mar desatado
creando patrones imperfectos,
geometrías que cobijan
todos los formatos!

Y aquí estoy yo, viéndolo todo
desde esta concurrida atalaya,
donde la aguerrida diosa,
aquella que parió de su cabeza
el auténtico supremo de los lares,
reclama su pago más alto.

Minerva, Palas Atenea,
sé piadosa con los diminutos;
contra nuestra estúpida ignorancia,
nunca tomes represalias
y en tu pecho vigoroso
protege siempre las artes.


Palas Atenea-Minerva, desde la azotea del edificio del Círculo de Bellas Artes, Madrid – Imagen de ©Rubal

El alma en tres partes

Dibujo y color, Mi prosa
Acuarela ©Rubal

Al cabo de muchos años, pero muchos, o sea hace unos meses, empecé a hacer dibujos sobre los sueños y sobre los colores que había en esos sueños y sobre personajes que se me ocurrían sin fijarme en nada. Escenarios que no encuentro en la realidad exterior, y tampoco sé si existen en el exterior. Lo hago para olvidar, para separarme de una perspectiva muy cercana a las cosas. Tomar distancia, que se dice, o bien entrar dentro de mí; no verme por fuera.

Feliz mes de octubre. Arranque de los cursos y los verdaderos nuevos propósitos.

El viaje o la espera

Dibujo y color, Mi prosa
El viaje ©Rubal

Son veinte años de ausencia y veinte años de espera. Veinte años…

Con frecuencia se cree que la aventura está en el viaje, en la marcha, en la huida, en el distanciamiento. Sin embargo, mientras transcurre el viaje, la marcha, la huida, el distanciamiento, ¿qué ocurre con los que se quedan esperando la noticia del regreso? Son veinte años de fortaleza interior. Las pruebas de trabajo o dolor de una persona que viaja son las mismas pruebas de trabajo y dolor de la persona que permanece.

Entonces, dónde está realmente la «odisea»?



La espera ©Rubal

Variaciones sobre un tema

Dibujo y color, Mi poesía
Variaciones de color naranja sobre fondo marrón ©Rubal
(Acrílico sobre papel figueras)

1

Cosas que no me interesan:
Mirarme en un espejo muy de cerca
y perder la noción del tiempo.
Borrar los límites de mi contorno
y emborronar el espacio negativo
que no ocupa mi presencia.
Omitir el sonido del discurrir en mi cabeza.
Olvidarme de cerrar los ojos,
parpadear siquiera.

2

Cosas que no me interesan:
En un espejo mirarme

de cerca;

perder la noción del tiempo

y anular

el espacio negativo
que no ocupa mi presencia;

omitir

el discurso de la mente,

y evitar

que los ojos se ensombrezcan.
Ni un parpadeo siquiera.


El asistente médico espiritual

Dibujo y color, Mi prosa
Lápiz, grafito, lápiz de color ©Rubal (Septiembre 2019)

X estaba recostada sobre el asiento con los brazos extendidos hacia delante y apoyados sobre la mesa electrónica delante de una caja de pastillas. En la pantalla, el asistente médico espiritual sonreía.

—Lo puedes tomar como un paracetamol de un gramo. A cada seis u ocho horas mínimo. Calculas el tiempo y te da para hacerlo hasta tres veces al día, procurando que no sea durante un tiempo demasiado prolongado —dijo el asistente.

—¿Y si me paso?

—Si te pasas, te acostumbras.

—Pero no sería peor que el duelo.

—No me refiero a que te acostumbres como adicción, sino que deje de hacerte el mismo efecto.

—Pero no puede ser peor que el duelo, ¿no? Quiero decir que habrá una alternativa, un refuerzo…

—Sup…ngo…

—Es cuestión de ver qué compensa al final, ¿verdad? —insistió X.

—Su…png…

—¿Me oyes?

—Ssss…pnnn…ooo…

—¿Me oyes?

Una lluvia de cuadraditos de colores desfiguró la sonrisa del asistente, y al cabo de brevísimos segundos, cubrieron la pantalla entera.

Poetas pequeñas

Dibujo y color, Mi poesía
Lápiz y lápices de color ©Rubal

A las poetas pequeñas que escuchan,
que se dejan invadir por sus voces,
que no temen al lápiz o a la pluma,
o a la hoja que ensuciar no permite,
y con fuerza acometen los días,
con el acto, la idea o la palabra,
la feroz contienda de sus errores,
sus menudos deseos y esperanzas,
las indómitas treguas y derrotas
de su interior sometido a prueba
a lo largo de sus capaces vidas.
Para todas ellas, que son pequeñas.


El color de las cosas

Dibujo y color, Mi poesía
Impatiens Wallerana. Acuarela ©Rubal.o

No sé dónde está el color de las cosas,
ni el trazo de los pensamientos buenos;
mis ojos no alcanzan a comprehenderlos,
solo me dejo llevar por su sombra.

Desato y despliego estas dos manos
—en una tibia mañana de acero
bañada en agua de eterno recuerdo—
y abordo la hoja con un fin lejano.

Este es el día en el que yo me olvido
de aquellos que no moran en mi casa,
de los que muestran sus gestos omisos.

Regresa pues mi labor de artesana
para encontrar los instintos más finos,
pensamientos y colores que sanan.

Memorias de una lectura

Dibujo y color, Mi prosa, Mis temas favoritos

A menudo he intentado hacer memoria para recordar cuál de las obras de Dostoievski me leí primero. Casi seguro fue El jugador en 1985. A partir de entonces, durante un breve espacio de tiempo, me leí otras tantas obras suyas seguidas, y ya después abandoné el hábito.

Hasta hace poco. Retomé el habito con Pobres gentes (o Pobre gente, como la tiene publicada la editorial Alba Minus), que, siendo la primera que publicó el autor, era curiosamente de las pocas que me había dejado sin leer.

Yo buscando palabras ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mientras tanto, no he dejado de visitar otros autores rusos coetáneos o más jóvenes o más viejos. En general —y no sé explicar la razón—, hay algo en la literatura rusa que me atrae mucho, especialmente sus novelas cortas o cuentos. Con frecuencia se ocultan tras las obras extensas y más conocidas.

Un calle de San Petersburgo ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Pero no quería hablar de literatura rusa, ni de la obra de Dostoievski —me cuesta en este momento rebuscar entre las palabras—.

F. D. Dostoievski ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mi intención era rendirle un tributo a la memoria de mis primeras lecturas de adolescente, durante las cuales, más o menos, ya se me iba perfilando una necesidad de escribir o de ilustrar las historias que revoloteaban por mi cabeza —muchas veces, a raíz de esas mismas lecturas, y desde luego, de las de Dostoievski—.

La verdad es que cuando dibujaba, apenas podía escribir y cuando escribía apenas podía dibujar. Como si las dos destrezas se excluyesen mutuamente. Todavía me pasa, pero ahora me dejo llevar, porque al fin y al cabo llegan al mismo punto, al deseo de expresarme.

Mi pequeño dossier ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Cruce de caminos

Mi prosa

Aviso: esta entrada la publiqué en agosto, sin embargo contiene un cambio y es su imagen. Es una imagen real del lugar donde sucedió el encuentro. No guardo otra intención que situar la acción en su escenario original.

Sopetrán ©Rubal

Se aproxima el mes de septiembre. La noche no fue tan cálida como las anteriores. Hay llanos vacíos de trigo por sembrar y árboles que los circundan. Me he alejado un tanto de mi propósito. Puede que a estas alturas no se vayan a cruzar las senderos como al principio. Pero me he dejado llevar por el paisaje y me he desviado un poco hacia lugares donde solo van los caminantes que persiguen la soledad.

Son las nueve de la mañana y veo un bar que oportunamente asoma no muy lejos de donde me encuentro. Hoy me he despertado pronto y ya me falta el aliento. A veces ocurre aunque sea por la mañana. Así que me decido a acercarme, solo para tomar algo que me recupere los pulmones.

Fuera, el local tiene un porche y debajo del techo que lo protege, unas cuantas mesas de madera con sus respectivos asientos. Entro y veo una pequeña sala con una barra y cuatro taburetes repartidos a lo largo de ella. No hay nadie detrás de la barra, pero enseguida sale alguien a saludar de detrás de una puerta. Una mujer que rondará los sesenta años o más con un trapo en una mano y una taza en la otra. A juzgar por la etiqueta de la infusión que cuelga por fuera de la taza, me doy cuenta de que la he interrumpido en un momento que es suyo. Me excuso y le pregunto si es demasiado pronto, si todavía no ha abierto. Me dice que sí es pronto, pero que igualmente está abierto, que la gente, los caminantes y trabajadores, no llega hasta pasadas las once.

Le pido un café con poca leche y muy caliente. Le pregunto si puedo sentarme fuera y ella me dice que por supuesto. Espero a que prepare el café, pero ella me dice que no me preocupe, que me lo lleva a la mesa. «Disfruta», dice. Y yo le hago caso.

Cuando paso por la puerta de nuevo, para salir, veo una libreta que cuelga del quicio de madera por un cordelito. De otro cordel cuelga un lápiz. En la cubierta de la libreta dice Cruce de caminos. Lo cojo en mi mano y me doy la vuelta. Le pregunto a la mujer si la libreta es para los clientes y ella asiente. «Es para que anotéis lo que os parezca», me dice, «y puedes sacarla de la escarpia. Así te será más fácil echarle un vistazo y escribir si te apetece», añade. No se me ocurre qué escribir, pero sí tengo curiosidad por ver qué cosas anota la gente en este bar —caminantes, trabajadores…—, lejos del tránsito de una carretera principal o de las calles concurridas de una población cualquiera. Quito la libreta y el bolígrafo de sus escarpias y salgo al porche.

De las mesas y sillas que hay, elijo sentarme en un tocón de madera, frente a una mesa cuya superficie es una tabla rústica e irregular. No es muy cómodo, pero es diferente. Y ya sentada abro la libreta. La mujer me trae el café y me desea una feliz lectura y una provechosa escritura. Le digo que yo misma no sabría qué aportar a la experiencia, y ella me dice que eso no importa porque leer ya es suficiente. «Quién sabe», me dice, «puede que la lectura te inspire.»

Es aquí donde hago mi primer cruce de caminos. Leo la última anotación que hay en la libreta en forma de poema. Me conmuevo. Oigo música en mis oídos. Después de leerlo, me queda la congoja de que pueda que lo olvide, así que cojo mi propio cuaderno de notas y lo apunto. Para que conste en mi memoria.

Para ti, Julie.

Mirar a lo alto

Dibujo y color, Mi prosa
Pintura acrílica sobre papel figueras ©Rubal

Me he fijado desde muy joven en los altos de los edificios. Muestran una luz que no podemos ver a la altura de nuestros ojos sobre fachadas o bañando las aceras.

Con frecuencia me he andado señalando a la persona de al lado el ángulo de luz y sombra de aquella cornisa o de aquel tejado.

A mi madre le decía que cuando llegaba el otoño, había un momento determinado en el que el reflejo del sol parecía descolgarse del frente de los edificios. Irradiaba un haz de luz blanca, oscilante como el péndulo de un enorme reloj de pared, que en cuestión de minutos se desvanecía. Yo lo llamaba el medallón del otoño. Sentía entonces, por breves instantes una mezcla de euforia y melancolía intensa que, al igual que la luz, desaparecía.