El viaje o la espera

Dibujo y color, Mi prosa
El viaje ©Rubal

Son veinte años de ausencia y veinte años de espera. Veinte años…

Con frecuencia se cree que la aventura está en el viaje, en la marcha, en la huida, en el distanciamiento. Sin embargo, mientras transcurre el viaje, la marcha, la huida, el distanciamiento, ¿qué ocurre con los que se quedan esperando la noticia del regreso? Son veinte años de fortaleza interior. Las pruebas de trabajo o dolor de una persona que viaja son las mismas pruebas de trabajo y dolor de la persona que permanece.

Entonces, dónde está realmente la «odisea»?



La espera ©Rubal

Variaciones sobre un tema

Dibujo y color, Mi poesía
Variaciones de color naranja sobre fondo marrón ©Rubal
(Acrílico sobre papel figueras)

1

Cosas que no me interesan:
Mirarme en un espejo muy de cerca
y perder la noción del tiempo.
Borrar los límites de mi contorno
y emborronar el espacio negativo
que no ocupa mi presencia.
Omitir el sonido del discurrir en mi cabeza.
Olvidarme de cerrar los ojos,
parpadear siquiera.

2

Cosas que no me interesan:
En un espejo mirarme

de cerca;

perder la noción del tiempo

y anular

el espacio negativo
que no ocupa mi presencia;

omitir

el discurso de la mente,

y evitar

que los ojos se ensombrezcan.
Ni un parpadeo siquiera.


El asistente médico espiritual

Dibujo y color, Mi prosa
Lápiz, grafito, lápiz de color ©Rubal (Septiembre 2019)

X estaba recostada sobre el asiento con los brazos extendidos hacia delante y apoyados sobre la mesa electrónica delante de una caja de pastillas. En la pantalla, el asistente médico espiritual sonreía.

—Lo puedes tomar como un paracetamol de un gramo. A cada seis u ocho horas mínimo. Calculas el tiempo y te da para hacerlo hasta tres veces al día, procurando que no sea durante un tiempo demasiado prolongado —dijo el asistente.

—¿Y si me paso?

—Si te pasas, te acostumbras.

—Pero no sería peor que el duelo.

—No me refiero a que te acostumbres como adicción, sino que deje de hacerte el mismo efecto.

—Pero no puede ser peor que el duelo, ¿no? Quiero decir que habrá una alternativa, un refuerzo…

—Sup…ngo…

—Es cuestión de ver qué compensa al final, ¿verdad? —insistió X.

—Su…png…

—¿Me oyes?

—Ssss…pnnn…ooo…

—¿Me oyes?

Una lluvia de cuadraditos de colores desfiguró la sonrisa del asistente, y al cabo de brevísimos segundos, cubrieron la pantalla entera.

Poetas pequeñas

Dibujo y color, Mi poesía
Lápiz y lápices de color ©Rubal

A las poetas pequeñas que escuchan,
que se dejan invadir por sus voces,
que no temen al lápiz o a la pluma,
o a la hoja que ensuciar no permite,
y con fuerza acometen los días,
con el acto, la idea o la palabra,
la feroz contienda de sus errores,
sus menudos deseos y esperanzas,
las indómitas treguas y derrotas
de su interior sometido a prueba
a lo largo de sus capaces vidas.
Para todas ellas, que son pequeñas.


El color de las cosas

Dibujo y color, Mi poesía
Impatiens Wallerana. Acuarela ©Rubal.o

No sé dónde está el color de las cosas,
ni el trazo de los pensamientos buenos;
mis ojos no alcanzan a comprehenderlos,
solo me dejo llevar por su sombra.

Desato y despliego estas dos manos
—en una tibia mañana de acero
bañada en agua de eterno recuerdo—
y abordo la hoja con un fin lejano.

Este es el día en el que yo me olvido
de aquellos que no moran en mi casa,
de los que muestran sus gestos omisos.

Regresa pues mi labor de artesana
para encontrar los instintos más finos,
pensamientos y colores que sanan.

Memorias de una lectura

Dibujo y color, Mi prosa, Mis temas favoritos

A menudo he intentado hacer memoria para recordar cuál de las obras de Dostoievski me leí primero. Casi seguro fue El jugador en 1985. A partir de entonces, durante un breve espacio de tiempo, me leí otras tantas obras suyas seguidas, y ya después abandoné el hábito.

Hasta hace poco. Retomé el habito con Pobres gentes (o Pobre gente, como la tiene publicada la editorial Alba Minus), que, siendo la primera que publicó el autor, era curiosamente de las pocas que me había dejado sin leer.

Yo buscando palabras ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mientras tanto, no he dejado de visitar otros autores rusos coetáneos o más jóvenes o más viejos. En general —y no sé explicar la razón—, hay algo en la literatura rusa que me atrae mucho, especialmente sus novelas cortas o cuentos. Con frecuencia se ocultan tras las obras extensas y más conocidas.

Un calle de San Petersburgo ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Pero no quería hablar de literatura rusa, ni de la obra de Dostoievski —me cuesta en este momento rebuscar entre las palabras—.

F. D. Dostoievski ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mi intención era rendirle un tributo a la memoria de mis primeras lecturas de adolescente, durante las cuales, más o menos, ya se me iba perfilando una necesidad de escribir o de ilustrar las historias que revoloteaban por mi cabeza —muchas veces, a raíz de esas mismas lecturas, y desde luego, de las de Dostoievski—.

La verdad es que cuando dibujaba, apenas podía escribir y cuando escribía apenas podía dibujar. Como si las dos destrezas se excluyesen mutuamente. Todavía me pasa, pero ahora me dejo llevar, porque al fin y al cabo llegan al mismo punto, al deseo de expresarme.

Mi pequeño dossier ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mirar a lo alto

Dibujo y color, Mi prosa
Pintura acrílica sobre papel figueras ©Rubal

Me he fijado desde muy joven en los altos de los edificios. Muestran una luz que no podemos ver a la altura de nuestros ojos sobre fachadas o bañando las aceras.

Con frecuencia me he andado señalando a la persona de al lado el ángulo de luz y sombra de aquella cornisa o de aquel tejado.

A mi madre le decía que cuando llegaba el otoño, había un momento determinado en el que el reflejo del sol parecía descolgarse del frente de los edificios. Irradiaba un haz de luz blanca, oscilante como el péndulo de un enorme reloj de pared, que en cuestión de minutos se desvanecía. Yo lo llamaba el medallón del otoño. Sentía entonces, por breves instantes una mezcla de euforia y melancolía intensa que, al igual que la luz, desaparecía.